Pese a que la vid salvaje ha crecido desde la prehistoria,
el vino entró en la península itálica con los griegos y otras civilizaciones.
Cuando Roma creció y se convirtió en una república, la cultura vinícola romana
se vio influida por las habilidades y técnicas de las regiones que iban
conquistando.
En las manos de los romanos, el vino se volvió «democrático»
y estuvo disponible para todos, desde el esclavo más bajo hasta el aristócrata,
pasando por el campesino. La creencia romana de que el vino era una necesidad
vital diaria promovió su extensa disponibilidad entre todas las clases. Esto
llevó al deseo de llevar la viticultura y la producción de vino a todas las
partes del imperio, para asegurar un suministro estable para los soldados y
colonos romanos.
Comenzó por ello además el comercio del vino. Al principio
los romanos utilizaban ánforas selladas, como los egipcios. Sin embargo pronto
empezaron a usarse cubas de madera, influenciados por las culturas del norte de
Europa. Estas tenían la ventaja de ser más ligeras y menos frágiles, pero en
cambio no eran capaces de mantener la calidad del vino durante años.
Fue a partir del siglo II a.C. cuando la viticultura romana
empezó a ser apreciada dentro del propio imperio, ya que hasta entonces el vino
griego era el más apreciado y el más caro. A partir de entonces la viticultura
empezó a expandirse y a ganar en calidad.
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| Pintura que representa la vendimia en Pompeya. Fuente: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Ancient_Bar,_Pompeii.jpg |

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